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Cuando un niño repite frases como “soy bruto” o “no puedo” y es ansioso, retraído, desobediente, depresivo o muestra desinterés por el estudio, hay que preguntarse: ¿generalmente es juzgado cuando se equivoca?, ¿lo reprenden si no cumple siempre con las expectativas de sus padres? Si la respuesta a alguno de estos interrogantes es sí, probablemente quienes lo cuidan le están exigiendo más allá de sus capacidades.

“La consecuencia más complicada de esa conducta es la baja autoestima, derivada del hecho de que la persona siente que no puede satisfacer a los demás o lograr lo que se espera de ella”, explica Claudia Jiménez Chacón, psicóloga de la Asociación Afecto.

Cuando la presión sobre el pequeño aumenta y nadie le enseña a manejarla, su organismo responde: puede experimentar alteraciones del sueño, molestias digestivas (como úlcera), así como dolores de cabeza.

Si a pesar de esforzarse, no logra satisfacer las demandas impuestas, podría incluso, comer en exceso o abstenerse de hacerlo. “La bulimia y la anorexia tienen que ver con la poca aceptación de sí mismo”, afirma Jiménez.

La intolerancia frente a su identidad y a su ritmo de aprendizaje, lo hace sentir subestimado y, en consecuencia, más vulnerable a personas que buscarán engancharlo en conductas como el abuso del alcohol y las drogas, mediante la falsa creencia de que en ese entorno será admitido tal como es y podrá relajarse.

Según Zandra Pedraza, del Departamento de Lenguajes y Estudios Socioculturales de la Universidad de los Andes, buscar la perfección es un rasgo de la civilización humana, que ha acumulado conocimientos para transformar la naturaleza. “Eso nos hace pensar que podemos perfeccionar todo”, dice. Esa creencia se trasladó a los hogares, donde muchas veces se exige demasiado por desconocimiento del mundo de los niños y de las características de sus etapas.

Usted está exigiendo más de la cuenta si…

Presiona a sus hijos para que realicen actividades de las que no disfrutan. Esta conducta tiene que ver con las frustraciones de los padres frente a su propia vida. Algunos adultos insisten, por ejemplo, en que sus hijos sean los mejores deportistas, dado que ellos siempre anhelaron serlo.

Les exige desmedidamente un alto rendimiento académico, valorando más los resultados que al niño mismo.

Les pide que controlen sus impulsos o dejen de expresar sentimientos porque piensa que son señal de grosería o pretende evitar que sus hijos sientan tristeza.

Teniendo en cuenta lo anterior, es importante como padre/madre reflexionar en los siguientes aspectos:

La autoridad bien ejercida logrará el respeto del hijo sin anular su individualidad, sin constreñir su personalidad. Entre la represión y la permisividad seguro que sabremos encontrar la justa medida, la precisa y necesaria combinación de exigencia y tolerancia, de firmeza y diálogo.

La complacencia de todos los deseos del niño supone básicamente una cierta dimisión del papel paterno, que debe incluir entre sus funciones, la de presentar un mundo adulto que inevitablemente tiene que resultar normativo y, por lo tanto, en alguna medida frustrante.

La felicidad de un hijo no puede cimentarse en la complacencia de todos sus deseos, ya que, junto con el fraude educacional que ello supone y las negativas consecuencias para su futuro, representa también impedir que el niño establezca una justa valoración de sus anhelos y realice un esfuerzo proporcional para alcanzarlos. Nada se goza tanto como aquello que uno siente que ha alcanzado por sí mismo, y ello es válido desde los primeros años de vida.

SONIA BECERRA. Neuropsicóloga. Coordinadora de Convivencia CPA-t&t